Reflexiones de un viajero!

Siento pena escénica, estoy esperando por abordar un vuelo y mientras espero, escribo en mi celular. Tengo la excusa de que estoy trabajando y en teoría cuando se trabaja el celular es una herramienta imprescindible, pero los que no me conocen y puedan verme a la distancia no lo saben, porque las excusas no se televisan, por eso siento pena de parecerme al 80% de la población de este aeropuerto, de confundirme con la multitud y de parecer uno más del montón al escribir, sin detenerme a ni siquiera suspirar, estas cortas reflexiones de un viajero.

Érase una vez, en un mundo no tan lejano, donde en un aeropuerto se solía conocer nuevas personas, esas que no postraban su entera presencia al celular. Recuerdo muchos viajes de trabajo por aquellas personas que conocí, entre conexiones o vuelos, siempre hubo algo interesante que conversar o experiencia que compartir. Se los juro que no fue hace mucho.

Pero hoy, ingresar en una sala de espera o transitar en un aeropuerto pasó a ser una experiencia completamente distinta, para convertirse en un lugar donde los seres humanos respiran para interactuar con el celular. Parece una especie de hipnosis generalizada. Nos hemos convertido en esclavos de un video o de un texto.

Cuando nos aburrimos no nos tiembla la mano para sostener el celular y acudir inmediatamente al contacto con los ausentes, convirtiéndonos en seres indiferentes al mundo palpable y a los que realmente están presentes, perdiéndonos en un mundo social que sólo existe en un whatassp.

Pienso muy seguido en cómo será el futuro cercano cuando nuestros hijos sean producto de esta sociedad donde lo normal parece ser bajar la mirada y apuntar a un dispositivo electrónico. Donde la comunicación empiece con un teclado y no con la voluntad de decir las cosas frente a frente.

Tan lindo que es mirar a los ojos, sonreír expectante a aquel que se cruza en tu camino o entablar una conversación con alguien interesante. Claro, esto sólo lo sabemos los que hemos vivido en ambos mundos, el de no hace tanto y el de ahora.

Quizás estoy super sensibilizada por los horribles sucesos en las escuelas estadounidenses donde en algunos años mis hijas estarán cursando sus estudios, no sé cuál sea la razón pero me molesta en demasía lo que hemos hecho de nuestro tiempo de ocio. Me impacta el presente y me horroriza la idea que tengo de la sociedad del futuro. Hace no mucho podíamos sumergirnos  profundamente en la lectura de un libro  pero siempre volvíamos para contar la nueva historia aprendida, en cambio hoy parecemos poseídos por lo que sucede en la vida de los otros esperando ser como ellos o admirando cuan verde luce el pasto del vecino en instagram. Es una especie de demencia colectiva que se ha convertido en el pan nuestro de todos los días.

Veo personas en los terminales que sólo ven al frente para no tropezarse pero jamás para detenerse a admirar lo que alrededor de ellos está sucediendo. Así transcurren los días, los momentos, la vida. Así de efímeros son los segundos.

Estas letras me sirven de catarsis, de reflexión, de resolución para evitar convertirme en lo que pareciera el mundo nos está obligando a ser. Quiero abrir los ojos para detallar lo que hay alrededor, o descubrir el encanto de vivir desprendido de un mundo que sólo existe en las redes sociales. Llegar a un lugar sin tener que grabar un video para publicarlo, volver a aquellos tiempos cuando no estábamos obligados a contarlo todo. Extraño esa época donde éramos más reservados y no por eso estábamos fuera de onda.

Ya estoy dentro del avión, quiero dejar descansar mis dedos, hay algo más importante que hacer, un libro por terminar de leer y unos amigos muy queridos que me acabo de cruzar por aquellas casualidades del destino, por nada del mundo me quiero perder lo que ellos tienen que contarme. Ese es mi mejor consuelo pues al final puede que esto sea parte de un ciclo, creo firmemente que la humanidad terminará desesperadamente apostando por la cercanía y por lo verdaderamente importante, por el tiempo presente y por los que están.